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Los Paisajes
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EL RELIEVE

altCuando entres en las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas estarás en uno de los conjuntos montañosos más importantes de la península ibérica. La mayor parte de los pueblos se sitúan entre los 700 y los 1.000 metros de altitud. Más de la mitad de la superficie del parque se encuentra entre los 1.000 y los 1.500 m de altitud, pero hay cumbres que se disparan por encima de los 2.000 metros, como el pico Cabañas (2.028 m), el Alto de la Cabrilla (2.039 m) y el pico Empanadas (2.107 m), que es el punto más elevado del Parque. Entre éstas, más de cincuenta cumbres superan los 1.600 m de altitud.

Este conjunto se dispone en abruptas alineaciones de dirección nordeste-suroeste, que en ocasiones se entrecruzan y que suelen estar separadas por hondos valles labrados por los ríos, flanqueados por rotundas escarpaduras rocosas.

El este del Parque es la parte más montañosa. En la zona nordeste descubrirás numerosos calares, que son montañas alargadas que se yerguen por los cuatro costados y que están coronadas por extensas planicies. Siguiendo hacia el sur, encontrarás uno de los paisajes más originales e inesperados del parque: la gran altiplanicie de Los Campos de Hernán Perea, a 1.600-1.700 m de altitud. Más al sur aún, siempre en la zona este, verás alzarse las Sierras del Empanadas y de la Cabrilla, donde el parque natural es más agreste y alcanza sus mayores cotas, con diez cumbres que superan los 2.000 m.

En la parte oeste del parque, las montañas comienzan por el norte con altitudes moderadas y perfiles sencillos en las Sierras de Calderón, Oruña y Cumbres de Beas, siempre por debajo de los 1.350 m de altitud. La Sierra de Las Villas te impresionará un relieve complejo e intrincado, con cumbres que se levantan sobre quebradas laderas por encima de los 1.800 m de altitud.

altEn el extremo sur del Parque, un impresionante conjunto de montañas se alza sobre la campiña olivarera jiennense y los parajes subdesérticos de Huesa e Hinojares (donde se da la cota más baja del Parque, con 470 m). Se trata de las Sierras de Cazorla y El Pozo, que alcanzan su techo en el pico Cabañas (2.026 m).

Muchas de estas alineaciones montañosas están separadas por ríos que han labrado el paisaje con profundos cañones, desfiladeros, gargantas, cerradas; valles encajados que van a constituir para ti uno de los alicientes paisajísticos más singulares del Parque.

Entre los valles, destaca el del Guadalquivir. El hermoso pasillo entre montañas que abre este río en dirección nordeste. Más allá del embalse del Tranco gira en dirección oeste, para alcanzar la gran depresión, vigilado desde arriba por el Yelmo, una de las cumbres más emblemáticas del Parque por su altitud (1.808 m), y por ser una afamada estación de vuelo libre. Cerca de él, en otra depresión cubierta por olivares, corre el río Guadalimar. Ambos se encontrarán kilómetros abajo. Otros ríos también han excavado en la montaña numerosos valles, a veces salvajes, a veces domesticados, pero siempre atractivos por el encanto y la armonía de los escenarios que conforman.



ARQUITECTURAS NATURALES

Las rocas del Parque exhiben una formas muy sugerentes. Al ser calizas, no reaccionan de manera uniforme a la acción del agua, sino que sus distintas partes ofrecen una resistencia desigual, configurando caprichosos perfiles y arquitecturas naturales propias del paisaje cárstico -rocas calizas disueltas por las aguas-. Te impactarán los picones, que son grandes rocas en forma de aguja o de torreón, las muelas y castellones, rocas verticales de cumbre plana, y los poyos, colosales bloques de piedra de contornos horizontales que coronan algunas montañas. alt

Otras formaciones muy características son las tobas, bellísimas placas de cal que sedimenta bajo el agua en cascadas y paredones rezumantes. Los suelos rocosos están a veces densamente esculpidos por el agua, formando laberínticas redes de grietas, hendiduras y depresiones. Son los lapiaces, conocidos en estas sierras como lanchares. En ocasiones, las placas de piedra tienen mucha pendiente, por lo que la acción del agua es menos notoria. En estas comarcas se les llaman lastras.

También encontrarás, en zonas altas, los sorprendentes torcos o dolinas, hundimientos del terreno, de contornos redondeados y forma de embudo. Su fondo hace de sumidero del agua de lluvia, por lo que son llamados sorbiores en estas sierras, y suelen tener continuidad en forma de profundas simas.

En los flancos de las formaciones rocosas verás grandes pedregales, aquí llamados cascajares, formados por la acumulación de piedras que han ido cayendo ladera abajo tras la fragmentación de la roca situada en la zona alta de la montaña. Algunas plantas están adaptadas a vivir en este medio tan hostil, pues aunque su apariencia externa es muy discreta, disponen de un extenso sistema de raíces y sus tallos se renuevan con facilidad aunque sean cortados por el movimiento de las piedras.

 


EL PAISAJE VEGETAL

Ante todo, este Parque es un inmenso pinar. Pero, como irás viendo, es un pinar variado, diverso, donde los pinos, de diferentes especies y tamaños, se mezclan armónicamente con otros muchos árboles y arbustos. Aquí no encontrarás monótonas sucesiones de pinos que parecen clonados como columnas sobre suelos carentes de vegetación.

Los tres pinares…

Según se asciende en altitud, encontrarás pinos carrascos, negrales y laricios. De estos últimos, el Parque se enorgullece de tener los mejores bosques de España. Con sus troncos derechos de corteza blanquecina, estos grandes pinos son los amos del paisaje en las zonas altas. Más arriba aún, las cumbres son el espacio de la roca y las grandes panorámicas. Por debajo de la ancha franja del pinar, el paisaje ha sido armónicamente humanizado por la implantación de olivares con una intensa personalidad serrana, ya que trepan hasta el límite donde este cultivo es posible. Pero además de olivares, pinares y cumbres panorámicas, el mayor territorio protegido de España te reserva muchas sorpresas.

altAquí se dan muy diversas combinaciones de altitud y orientación, lo que produce muchos matices en el paisaje vegetal. La sombra protectora del pinar cobija densos sotobosques, que a su vez son un hervidero de vida animal. Los pinares situados hasta una altitud de 1.000-1100 m, que son los de pino carrasco (Pinus halepensis), son ricos en romero y diversas jaras en laderas secas y soleadas, mientras que en situaciones más favorables se desarrolla un estrato arbustivo con especies propias de otras formaciones que antecedieron a los actuales pinares. Por ejemplo, encontramos la coscoja (Quercus coccifera), el lentisco (Pistacia lentiscus), el labiérnago o cistierno (Phillyrea angustifolia) y el durillo (Viburnum tinus). La franja protagonizada por el pino negral (Pinus pinaster), también llamado resinero y rodeno, se sitúa entre los 1.000 y los 1.300 m de altitud. Alberga enebros (Juniperus oxycedrus), con cuya dura raíz se fabricaban antiguamente las grandes bolas utilizadas en el juego popular de los bolos serranos, y cornicabras (Pistacia terebinthus), cuyas hojas se tornan intensamente carmesíes en otoño. Este arbusto, aquí llamado cornita, debe su nombre a la curiosa forma de las agallas que desarrolla como respuesta a la picadura de ciertos pulgones. Más arriba, en la banda dominada por el pino laricio o salgareño (Pinus nigra ssp. salzmanii), el bosque es rico en rosales silvestres, de los que el Parque tiene 13 especies distintas, que en primavera y verano te ofrecerán ofrecen sus flores de cinco pétalos cuyos colores van del blanco a diversos tonos rosados. Sus frutos rojos aovados, conocidos como escaramujos, han sido consumidos desde antiguo por el ser humano por sus fuertes propiedades astringentes. Otro arbusto abundantísimo en esta zona es el espino albar o majuelo (Crataegus monogyna), que en primavera se cubre por completo de flores blancas que perfuman todo su entorno con un dulcísimo aroma, y en otoño te ofrece sus frutillos rojos esféricos –los majoletos- que son perfectamente comestibles cuando están bien maduros.

... y mucho más

Pero, aunque el pinar acapara la mayor parte de los paisajes, la diversidad es una de las señas de identidad del Parque. Por eso, otros muchos árboles y arbustos llamarán tu atención. Unas veces los verás mezclados con los pinos y otras convertidos en protagonistas del paisaje como formaciones con personalidad propia. alt

Encontrarás robles (Quercus faginea, quejigo) que llegan a formar bosques. Algunos viejos ejemplares tienen un porte majestuoso del que se desprende una magia que es todo un símbolo del fértil pasado de estas sierras, cuando los robledales ocupaban mayor superficie que en la actualidad. También verás encinares e incluso sabinares de sabina mora (Juniperus phoenicia). Descubrirás melojares (Quercus pyrenaica), tan infrecuentes en el sureste, con sus bellas hojas lobuladas. También madroñales, punteados de rojo y naranja en el otoño. Dispersos aquí y allá, encontrarás arces, tanto el granadino (Acer granatensis) como el de Montpellier (Acer monspessulanum), este último muy escaso en el sur y ambos con un sensacional cromatismo de otoñada.

Lo que más te va asombrar será el hallazgo de árboles mucho más propios de latitudes norteñas que del sureste ibérico, como el acebo (Ilex aquifolium), el avellano (Corylus avellana), el olmo montano (Ulmus montana), el tejo (Taxus baccata) y hasta algún abedul (Betula pendula ssp. fontqueri). La flora de este Parque es una caja de sorpresas que se abre ante quien siente curiosidad y sabe apreciar las estrategias de la vida para adaptarse a todos los rincones.



LA HUELLA HUMANA

Si algo caracteriza al mayor espacio natural protegido español es lo discreto de la impronta que el ser humano ha dejado en su paisaje a lo largo de los siglos. Pero esa traza está ahí, la mayoría de las veces para bien.

 

El olivar

La mayor parte de la huella humana en el interior del Parque se aprecia en la zona norte, es decir, en la comarca de Segura. En las partes más bajas encontraremos olivares trepando por las laderas, con numerosas manchas de bosque y matorral intercaladas. El olivar es la base de la economía del Parque y de su extensa zona de influencia, y elemento clave de su paisaje, de su cultura y de la vida cotidiana de sus gentes. En realidad, es un bosque aclarado que, aunque artificial y carente de la estructura y la diversidad de los bosques naturales, constituye un complejo agrosistema donde están presentes muchas especies de plantas y animales. alt

 

Los pastos de montaña

En buena parte de las zonas altas de esta misma comarca, la huella humana se manifiesta de una forma totalmente distinta: el paisaje ganadero. Son territorios de alta montaña con escasa vegetación arbórea o que históricamente han sido deforestados para abrir pastos a la oveja de raza segureña. Su paisaje a veces sobrecoge por la amplitud de sus panorámicas, siempre flanqueadas por grandes elevaciones y salpicadas por manchas de matorral y formaciones rocosas. En invierno es el territorio de la nieve. En primavera, de los verdes pastos de altura. Y siempre, el hogar de una ancestral cultura ganadera que merece el mayor reconocimiento.

 

Las aldeas y cortijos

Aparte de los pueblos de mayor entidad, la profusión de aldeas y minúsculos cortijos aislados es otro de los rasgos que dan una marcada personalidad a esta parte del Parque. En las zonas de mayor altitud, muchos de esos enclaves humanos ya no están poblados, o sólo lo están durante los meses de clima más benigno. La arquitectura tradicional de las aldeas se conserva de manera desigual, pero la presencia de estos núcleos resulta, no sólo agradable desde el punto de vista estético, sino conmovedora como testimonio de un modo de vida que históricamente ha sido duro y ha sabido adaptarse con maestría a las difíciles condiciones de la montaña.

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Las huertas

Junto a estos enclaves humanos están las pequeñas huertas, los hortales. Se sitúan en las huelgas, como aquí se denomina a los escasos terrenos más o menos llanos y fértiles situados a la vera del río y el arroyo. La agricultura de montaña en estas sierras siempre ha sido de pura subsistencia, por lo que muchas de estas huertas han corrido la misma suerte que la de las aldeas y cortijos a las que estuvieron ligadas: el abandono. Pero en las zonas bajas cercanas a los pueblos aún se mantienen activas muchas huertas, que producen exquisitas hortalizas. Cada huelga, incluso si ya está abandonada, es un pequeño prodigio paisajístico que aporta diversidad al conjunto en el que se integra. Su equilibrio resulta de lo más relajante, pues concilia el sabio toque jardinero de la mano humana –terrazas, albercas, nogales, chopos…- con la grandiosidad de las montañas circundantes, siempre cercanas.

 

Los embalses

La abundancia de agua del Parque ha propiciado la construcción de embalses de muy distinta extensión, capacidad y uso. Todos ellos son un patrimonio de gran relevancia económica y paisajística, pero, en su momento, su construcción tuvo un doloroso impacto social, máxime al tratarse en la mayoría de los casos de una época en la que las condiciones políticas eran muy duras. En la actualidad, los embalses del parque son un atractivo recurso recreativo y deportivo. En esta web encontrarás diversas referencias a estos aspectos. Pero aquí, en el contexto de la relación entre el paisaje y los serranos, vamos a poner punto y final rescatando las vivencias de un habitante de la Vega de Hornos afectado por la construcción del gran embalse del Tranco. Sus palabras son muy ilustrativas del papel que, durante siglos, les fue asignado a los habitantes de las montañas desde las instancias del poder. Hoy, por fortuna, corren otros tiempos. 

alt“Por el año 1940, llegó lo que desde hacía tanto tiempo estábamos temiendo: nos dijeron que había que desalojar de inmediato y derribar las casas (…). Entraron grandes cuadrillas de hacheros y tronzadores con grandes hachas cortándolo todo a tajo parejo, clasificando la madera y quemando la leña y las miles de encinas centenarias que hasta entonces habían cubierto las tierras de la Vega, que luego convertían en carbón. Aquellas tierras, en poco tiempo se quedaron como si hubieran recibido una bomba atómica. Nosotros, al igual que todos los de la Vega, emigramos del lugar con todos nuestros enseres y animales. Cambiamos de tierras, de paisajes, de costumbres, de vecinos y de otras muchas más cosas que no tienen nombre, pero que fueron reales y se quedaron dentro de cada una de aquellas personas. Para todos fue durísimo aquel cambio, aunque cada uno lo sufrimos en silencio.”

Recuerdos sumergidos, 1931-1941

Ángel Robles Rodríguez, nacido en la cortijada de El Chorreón, que fue expropiada para la construcción del embalse.


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