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Iglesia de los Jesuitas (Segura de la Sierra)

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Iglesia de los Jesuitas (Segura de la Sierra)

Imaginemos por un momento una tarde de 1606. Un sacerdote llamado Manuel de Arceo esta terminando de escribir el último capítulo de la historia de la fundación del Colegio de Segura. No quiere protagonismo, ni pasar a la historia, únicamente cumple las órdenes que ha recibido desde Roma para dejar constancia de las fundaciones jesuíticas y evitar que su proceso caiga en el olvido. Pocos días después el padre Arceo recibía un nuevo encargo, dirigirse a Nueva Granada a hacerse cargo de la nueva provincia jesuítica.


Gracias al trabajo de este padre conocemos hoy muchos datos sobre el Colegio de la Compañía de Jesús en Segura de la Sierra. Los edificios que hoy se conservan en Segura de la Sierra son fruto del esfuerzo de uno de sus vecinos por hacer una fundación religiosa. Se llamaba Cristóbal Rodríguez de Moya y, ante la muerte de su mujer, comprendió que tendría un problema con su patrimonio de no casar a alguna de sus tres hijas. Al optar sus hijas por la vida religiosa, fundó un Colegio.

Observar el interior de la Iglesia de los Jesuitas no es hacerlo en clave de historia del arte o analizando la restauración que ha sufrido el edificio, es tener una visión de la sociedad de finales del siglo XVI para aproximarnos a sus miedos y a una religiosidad que impregnaba todos los aspectos de la vida, del miedo al demonio o a morir en pecado. Una aproximación a la vida cotidiana en una pequeña comunidad de montaña, con pobres de solemnidad a los que la Compañía de Jesús atendía con sus misiones pastorales.

En definitiva, se trata de conocer un episodio más de la historia del final del siglo XVI en Segura, de la peste de 1596, de la hambruna de 1605, de la caridad, de los miedos y la pobreza de gran parte de la población y de la tristeza colectiva ante la muerte de Francisca de Avilés, la última hija de Cristóbal Rodríguez de Moya. Recrear mentalmente el pasaje de la muerte de esta mujer pone los pelos de punta, con una misa a la que asistió todo el pueblo e incluso los franciscanos de Santa María de la Peña, de Orcera, para rendir el último adiós a la fundadora.



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